
Cada septiembre, en el marco del mes de la prevención del suicidio, se multiplican las campañas que nos recuerdan la importancia de hablar, pedir ayuda, reconocer señales de alarma y acompañar a quienes atraviesan momentos de profundo sufrimiento. Todo esto es necesario. Sin embargo, quizá también sea una oportunidad para introducir una pregunta menos frecuente: ¿qué hace que una persona quiera seguir viviendo?
La pregunta parece sencilla, pero no lo es.
Solemos pensar el suicidio desde aquello que pone la vida en riesgo: los factores asociados, las señales de alarma, los antecedentes, los diagnósticos o las circunstancias que pueden precipitar una crisis. Pero hay otra dimensión que merece ser escuchada: aquello que vincula a cada sujeto con su propia existencia.
En Suicidio, salud mental y deseo de vivir. Una clínica psicoanalítica posible, Héctor Gallo propone aproximarse al suicidio desde una perspectiva que no reduzca el sufrimiento humano exclusivamente a una enfermedad o a una clasificación diagnóstica. Su recorrido pone en relación el suicidio con la subjetividad, el sufrimiento, la existencia, el hastío y, finalmente, con aquello que puede mantenernos ligados a la vida.
Esta perspectiva permite introducir una pregunta fundamental para la salud mental: ¿es suficiente evitar que alguien muera o necesitamos también preguntarnos qué puede hacer que esa persona encuentre nuevamente algo por lo cual vivir?

El deseo de vivir no puede convertirse en una obligación
Hay una afirmación de Gallo que resulta especialmente provocadora para pensar la prevención del suicidio: el deseo de vivir pertenece a cada uno; no puede imponerse, sino que se construye.
Esto nos obliga a revisar algunas de las respuestas que solemos ofrecer frente al sufrimiento.
“Piensa en tu familia”.
“Tienes toda una vida por delante”.
“Hay muchas razones para vivir”.
“Todo va a mejorar”.
Son expresiones que generalmente nacen de la preocupación y del deseo genuino de ayudar. Sin embargo, cuando alguien atraviesa un sufrimiento que ha vuelto insoportable su existencia, nuestras razones pueden no ser sus razones.
Incluso la invitación a “elegir la vida”, tan frecuente en las campañas de prevención, puede convertirse involuntariamente en un imperativo: debes querer vivir.
Pero ¿qué sucede cuando precisamente eso es lo que alguien ha perdido?
Desde una perspectiva psicoanalítica, acompañar no consiste únicamente en convencer al otro de nuestras razones para vivir. Supone abrir un lugar donde pueda hablar de aquello que para él se ha vuelto insoportable y, eventualmente, encontrar qué podría volver a enlazarlo con su existencia.
Escuchar al sujeto, no solamente evaluar el riesgo
Ante una situación de riesgo suicida, evaluar el peligro, activar redes de apoyo y garantizar una atención oportuna es indispensable. Una escucha clínica nunca debería utilizarse como argumento para restar importancia a una urgencia.
Pero proteger la vida y escuchar al sujeto no son operaciones excluyentes.
Podemos preguntarnos por el riesgo y, al mismo tiempo, preguntarnos por la historia.
¿Qué ocurrió?
¿Qué se perdió?
¿Qué dejó de funcionar?
¿Qué vínculo se rompió?
¿Qué se volvió insoportable?
¿Qué lugar siente esa persona que ya no tiene?
¿Desde cuándo vivir empezó a sentirse de esta manera?
El psicoanálisis introduce aquí una diferencia importante: detrás de una categoría como “riesgo suicida” existe alguien cuya relación con la vida tiene una historia particular.
Dos personas pueden decir “no quiero vivir más” y no estar diciendo exactamente lo mismo.
Por eso escuchar importa.
No para minimizar el riesgo, sino precisamente para comprender algo de aquello que está ocurriendo para ese sujeto.
Pensar en la muerte también necesita una escucha
Uno de los apartados del libro de Gallo lleva un título particularmente sugerente: Pensar en morir.
Hablar de la muerte continúa produciendo temor. A veces creemos que preguntar por ella puede aumentar el riesgo o que permitir que alguien hable de sus pensamientos relacionados con morir significa aceptar pasivamente aquello que dice.
Escuchar no significa aprobar.
Tampoco significa romantizar el suicidio.
Significa reconocer que cuando alguien puede poner en palabras algo de su sufrimiento aparece una posibilidad diferente a dejarlo completamente solo frente a aquello que lo desborda.
Por eso quizá la pregunta no deba ser solamente:
“¿Quieres morir?”
También necesitamos poder escuchar:
“¿Qué de la vida se ha vuelto tan difícil de soportar?”
La diferencia es importante. La primera pregunta busca establecer un riesgo que necesitamos conocer. La segunda empieza a abrir un espacio para el sujeto que está sufriendo.
Necesitamos ambas.
Cuando vivir produce hastío
Otro de los recorridos que propone Gallo vincula el suicidio con el hastío o el disgusto de vivir.
Hay sufrimientos que no siempre se presentan como una crisis espectacular. A veces aparecen silenciosamente: levantarse empieza a costar, los vínculos pierden importancia, aquello que antes producía interés deja de hacerlo, el futuro se vacía de posibilidades y la existencia comienza a sentirse como algo que simplemente hay que soportar.
En esos momentos, decirle a alguien que “debe valorar la vida” puede aumentar todavía más la distancia.
Tal vez sea necesario comenzar en otro lugar.
Escuchar qué perdió valor.
Qué dejó de interesarle.
Qué se rompió.
Qué esperaba y no ocurrió.
Qué lugar ocupaba para otros.
Qué acontecimientos hicieron que el futuro dejara de representar una posibilidad.
No siempre encontraremos inmediatamente una gran razón para vivir.
Y quizá tampoco sea necesario comenzar por una gran razón.
¿Qué nos ata a la vida?
Esta puede ser una de las preguntas más valiosas que deja la lectura de Gallo.
¿Qué nos ata a la vida?
No existe una respuesta universal.
Para alguien puede ser un hijo. Para otro, una relación. Un proyecto que todavía no termina. Una responsabilidad. Un animal. Una amistad. La música. El trabajo. Escribir. Crear. Una conversación pendiente. Una persona que espera verlo mañana.
Incluso algo que para los demás puede parecer insignificante.
Lo importante es que aquello que sostiene una vida no necesariamente coincide con lo que socialmente consideramos que debería hacerla valiosa.
Cada sujeto construye sus propios lazos con la existencia.
Por eso acompañar a alguien que atraviesa una crisis también puede implicar interesarnos por esos pequeños hilos: los que permanecen, los que se rompieron y aquellos que quizá puedan construirse nuevamente.
No se trata de fabricar rápidamente “motivos para vivir” ni de entregar una lista de razones.
Se trata de escuchar qué puede adquirir valor para esa persona.
Prevenir también es hacer lugar a la palabra
Durante el mes de la prevención del suicidio es indispensable hablar de atención profesional, redes de apoyo, detección del riesgo y acceso oportuno a los servicios de salud mental.
Pero la prevención también puede interrogarnos como sociedad.
¿Qué hacemos con el sufrimiento de los otros?
¿Podemos escuchar sin apresurarnos a tranquilizar?
¿Podemos acompañar sin juzgar?
¿Podemos preguntar por lo que duele sin intentar inmediatamente corregirlo?
¿Podemos reconocer que una persona puede necesitar algo más que escuchar que “todo estará bien”?
Quizá prevenir también implique construir lugares donde sea posible decir que la vida se ha vuelto difícil sin que esa palabra sea inmediatamente silenciada, juzgada o convertida únicamente en una etiqueta.
No se trata solamente de evitar la muerte
Pensar el suicidio desde el deseo de vivir introduce entonces un desplazamiento.
La prevención seguirá necesitando protocolos, profesionales, instituciones, familias, comunidades y sistemas de salud capaces de responder ante el riesgo. Pero también necesita espacios donde la singularidad de quien sufre pueda tener un lugar.
Porque una vida no se sostiene solamente porque alguien diga que debe sostenerse.
Se sostiene también mediante vínculos, palabras, proyectos, deseos y pequeñas invenciones que permiten que cada uno encuentre alguna manera propia de permanecer en ella.
Tal vez por eso, durante este mes, además de preguntarnos cómo prevenir el suicidio, podamos hacernos otra pregunta:
¿Qué nos ata a la vida?
Y quizá podamos hacerla no para encontrar una respuesta válida para todos, sino para atrevernos a escuchar la respuesta particular de cada uno.
Referencia
Gallo, H. (2025). Suicidio, salud mental y deseo de vivir: Una clínica psicoanalítica posible. Xoroi Edicions.
Nota de cuidado: Si una persona expresa intención de hacerse daño, tiene un plan suicida o se encuentra ante un riesgo inmediato, la escucha y el acompañamiento deben ir acompañados de la búsqueda de atención profesional y de los servicios de emergencia disponibles en su territo

