Acompañar la pérdida, sostener la vida

Acompañar la pérdida, sostener la vida

Trauma, urgencia subjetiva y la función de la escucha después de una catástrofe colectiva

“Hay acontecimientos que cambian una vida. No porque puedan explicarse
fácilmente, sino porque dejan al sujeto sin palabras para nombrar lo que ha
sucedido.”

Las tragedias colectivas tienen la capacidad de detener el tiempo. Un accidente,
un desastre natural o un acto de violencia irrumpen de manera inesperada,
alterando no solo la vida de quienes los experimentan directamente, sino
también la de sus familias, las instituciones y toda una comunidad que intenta
comprender aquello que parece no tener explicación.

En esos momentos, la sociedad moviliza múltiples recursos para responder a la
emergencia: equipos médicos, organismos de socorro, autoridades, redes de
apoyo y dispositivos institucionales. Sin embargo, existe otra dimensión de la
urgencia que no siempre encuentra un lugar en esas respuestas: la urgencia del
sujeto.

Durante los meses de diciembre, enero y febrero, el equipo de Metáfora Salud
Mental desarrolló el dispositivo de intervención “Acompañar la pérdida,
sostener la vida”, orientado al acompañamiento de jóvenes sobrevivientes,
familiares y personas afectadas por el accidente del Colegio Liceo Antioqueño de
Bello. Esta experiencia permitió confirmar una enseñanza fundamental de la
clínica psicoanalítica: frente a un mismo acontecimiento no existe un único
trauma, existen tantos modos de ser afectados como sujetos hay. El dispositivo
fue concebido precisamente para ofrecer un espacio de escucha que respetara
esa singularidad, acompañando la elaboración del sufrimiento sin reducirlo a
protocolos generales.

Cuando lo real irrumpe

Desde una perspectiva cotidiana solemos pensar que el trauma es el
acontecimiento mismo. Sin embargo, la clínica nos muestra que no es así.
Dos personas pueden vivir exactamente la misma situación y, aun así, responder
de maneras completamente distintas. Mientras una logra retomar gradualmente
su vida, otra permanece durante meses o años atrapada en imágenes repetitivas,
una angustia sin nombre o un profundo sentimiento de extrañeza.

El psicoanálisis sitúa aquí una distinción fundamental: el acontecimiento
pertenece a la realidad compartida; el trauma pertenece a la experiencia singular
del sujeto.

Freud describió el trauma como una irrupción que sobrepasa la capacidad del
aparato psíquico para ligar y elaborar aquello que ha sucedido. Lacan dará un
paso más al ubicar el trauma del lado de lo Real: aquello que escapa a la
representación, que no encuentra inmediatamente palabras para ser dicho y que
irrumpe desorganizando las coordenadas que sostenían la existencia.

Lo traumático no reside únicamente en la violencia del hecho, sino en el
encuentro con un punto imposible de simbolizar en ese momento.
Es precisamente allí donde comienza el trabajo clínico.

La urgencia subjetiva: una emergencia diferente

Después de una catástrofe, la prioridad suele ser preservar la vida, atender las
heridas y resolver las necesidades materiales más inmediatas. Esa respuesta
resulta indispensable.

Pero, paralelamente, emerge otra urgencia menos visible.

Hay quienes permanecen en silencio incapaces de hablar. Otros necesitan repetir
una y otra vez la escena vivida. Algunos experimentan una culpa insoportable por
haber sobrevivido. Otros sienten que el mundo ha perdido toda consistencia o
viven con la sensación permanente de que algo terrible volverá a ocurrir.

Estas manifestaciones no constituyen necesariamente una enfermedad mental.
Son intentos del sujeto por responder a un acontecimiento que ha desbordado
los recursos simbólicos con los que contaba hasta ese momento.

Llamamos urgencia subjetiva a ese instante en el que el sufrimiento no
encuentra todavía una vía de elaboración y el sujeto queda confrontado con una
angustia que amenaza con invadir toda su existencia.

Responder a esa urgencia exige algo distinto a la aplicación de un protocolo:
exige una escucha.

Escuchar también es intervenir

En los escenarios de emergencia suele esperarse que el profesional actúe
rápidamente, ofrezca respuestas o disminuya el sufrimiento de manera inmediata.
Sin embargo, la experiencia clínica enseña que muchas veces la primera
intervención consiste precisamente en no apresurarse a responder.

Escuchar no significa únicamente recoger información o permitir que alguien
hable.

Escuchar implica construir un lugar donde el sujeto pueda comenzar a decir algo
de aquello que, inicialmente, aparece como imposible de nombrar.

Esta posición supone renunciar a interpretar prematuramente, evitar la tentación
de explicar el dolor y abstenerse de indicar cómo debería sentirse una persona
frente a una pérdida.
No existe una manera correcta de sufrir.
No existe un tiempo universal para el duelo.
No existe una respuesta emocional esperable que pueda aplicarse a todos.
Cada sujeto inventa, con los recursos de su propia historia, una manera singular
de responder al trauma.

Un dispositivo para alojar la palabra

El nombre “Acompañar la pérdida, sostener la vida” expresa la orientación
ética de la intervención.

Acompañar la pérdida no significa conducir al otro hacia una supuesta
aceptación ni acelerar un proceso de recuperación. Significa reconocer que el
duelo constituye un trabajo subjetivo que no puede imponerse desde afuera.

Sostener la vida tampoco implica promover un optimismo obligatorio o negar el
dolor. Significa ofrecer las condiciones para que, aun en medio del sufrimiento, el
sujeto pueda reconstruir progresivamente nuevos puntos de apoyo desde los
cuales reinscribir la experiencia vivida.

Por ello, el dispositivo fue pensado como un recorrido clínico. La escucha
telefónica permitió ofrecer un primer alojamiento a la angustia en el momento de
mayor desorganización. Las visitas domiciliarias acercaron la intervención al lugar
mismo donde la pérdida había irrumpido. Posteriormente, el acompañamiento en
consulta abrió un tiempo distinto: el de la elaboración subjetiva. Finalmente, los
espacios grupales y simbólicos favorecieron la reconstrucción de los lazos
comunitarios sin borrar la singularidad de cada duelo.

Cada una de estas modalidades respondió a un mismo principio: respetar el
tiempo del sujeto.

El duelo como trabajo de simbolización

Con frecuencia se habla del duelo como si fuera una sucesión de etapas que
todas las personas debieran atravesar.
La experiencia clínica muestra otra cosa.
Cada pérdida reactiva una historia singular. No solamente se pierde a quien ha
muerto; también se pierde una manera de habitar el mundo, un lugar en los
vínculos, proyectos compartidos y una cierta imagen del futuro.
Por eso el duelo nunca consiste únicamente en aceptar una ausencia.
Su trabajo consiste en hacer posible que aquello que inicialmente apareció como
un imposible encuentre, poco a poco, una inscripción en la historia del sujeto.
No se trata de olvidar.
No se trata de dejar de amar.
Se trata de construir una nueva relación con aquello que se ha perdido,
permitiendo que la vida continúe sin exigir que el dolor desaparezca.

La ética del caso por caso

Quizá la enseñanza más importante de esta experiencia pueda resumirse en una
idea sencilla: las tragedias colectivas no producen sujetos idénticos.

Lo colectivo del acontecimiento no elimina la singularidad del sufrimiento.

Frente a una misma pérdida, algunos necesitarán hablar de inmediato; otros
guardarán silencio durante semanas. Habrá quienes busquen comprender lo
ocurrido y quienes no puedan formular todavía ninguna pregunta. Cada uno
encontrará tiempos, palabras y recursos diferentes.

La orientación psicoanalítica sitúa aquí su principal apuesta ética: no intervenir
sobre una categoría diagnóstica, sino encontrarse con un sujeto.

Esto implica renunciar a las respuestas universales y sostener una práctica guiada
por el caso por caso, donde la escucha precede al saber y donde el clínico no
ocupa el lugar de quien posee las respuestas, sino el de quien acompaña la
construcción de una elaboración singular.

Sostener la vida

Toda experiencia de intervención en contextos de trauma colectivo deja una
enseñanza para quienes participan en ella.
La nuestra fue confirmar que la escucha no constituye un momento previo a la
intervención: la escucha es, en sí misma, una intervención.
Allí donde un acontecimiento irrumpe quebrando las referencias habituales de la
existencia, ofrecer un espacio donde el sufrimiento pueda encontrar un
interlocutor es ya una forma de sostener la vida.
En Metáfora Salud Mental entendemos que acompañar no consiste en borrar el
dolor ni en prometer una pronta recuperación. Consiste en permanecer junto al
sujeto mientras encuentra, a su propio ritmo, nuevas palabras para nombrar
aquello que parecía imposible de decir.
Porque incluso cuando la pérdida transforma para siempre una historia, la
posibilidad de ser escuchado puede abrir el comienzo de otra.

Acompañar la pérdida, sostener la vida
Acompañar la pérdida, sostener la vida

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